2011/04/26

El Circo

Marcaban las 1:17 minutos en su reloj de bolsillo. En ese minuto en el que su cerebro mandó la orden de sujetarse el bombín, el señor de supuesto porte altivo y mirada serena, pensó con nostalgia por aquella soledad que le invadía en las mas oscuras noches de aquel prolongado invierno londinense. Pensó en aquellos que perdió, su mejor amigo, las más bellas damas  de la corte que decidió dar por imposibles, la risas que envolvían las fiestas de máscaras en casa de su hermano el archiduque. Pensó que su humildad y su condición (por voluntad propia) paupérrima, aclararían su moral, su ética de humanidad, lo harían vivir con serenidad y tesón. Allí, en aquella noche, también funesta e invernal, vio que había perdido un tesoro irrecuperable, quizás por sentarse a ver como todo pasaba, como la indiferencia se metía entre su espumoso abrigo negro. Así pues, cuando la calle se quedó vacía de bullicio, y  las últimas parejas de enamorados despavoridos, se resguardaban los unos con los otros de la ventisca hacía un lugar más acojedor, el señor avanzó por una calle que cada vez se hacía más estrecha ante sus ojos. La candelería de las farolas se apagaron de un soplido que chilló el rugir del viento, pero el hombre no se asustó. Él se sentía cómodo en la oscuridad, había pasado demasiado tiempo en ella, conocía sus matices, sus susurros, su inmensa soledad. Tampoco se asustó, porque se moría más bien de curiosidad. Allí a lo lejos de la calle, divisó el final de ésta, y en ella, un muro de piedra que guardaba una puerta rodeada se surcos luminosos de amarillentos resquicios. Atisbó a un hombre igual de alto que él, con un laureado e interminable sombrero de copa y de rostro tapado por la oscuridad, inapreciable. Un ruido de jolgorio y caos habitaba tras la puerta, nuestro señor ataviado por una enorme curiosidad y receloso en su más profunda soledad, preguntó con la misma curiosidad ingenua de un niño, que era lo que allí dentro se celebraba. "¿Le gusta el circo, la magia?" le contestó aquel señor de negra figura y chistera al ristre. Extasiado, el señor lo miró, y casi sin palabras asintió, como si en realidad fuese su última esperanza de ser feliz en la vida. Seguidamente, con un gesto decisivo, como aquel que decide apagar su pipa de fumar, aquel hombre de dudosa figura le abrió la puerta con avidez. Dentro, pudo comprobar el sonido de una música nunca antes escuchada, miles de ropajes de todo tipo de colores. Bellas doncellas y apuestos príncipes sumidos en el placer de una orgía inigualable. Ríos de vino, frutas y comidas de anchura caricaturesca. Justo un instante que el señor paró, los vio. Allí estaban todos sus amigos, sus doncellas, sus familiares, aquellas personas que se perdieron en su camino. No pudo más que horrorizarse ante la vergüenza nuevamente infantil, como el niño que mira por un agujero la pasión desenfrenada del amor. Se percató de que era observado, humillado por risas y dedos que lo señalaban. Corrió hacia la salida y justo antes de salir, ya era tarde. Ahora formaba parte del circo, se ataviaba una capa roja, se pintaba una sonrisa de payaso y se recolocaba la chistera. El viento amainaba fuera en la ahora ancha calle, llena de gente, allí rescataría miradas, acercaría sus ojos a nuevas personas desconocidas y le preguntaría aquello de "¿Le gusta el circo, la magia?, mientras tras aquel muro, los secretos y las personas no eran ya las mismas que un día dejaron el deseo, el egoísmo y las máscaras como reclamo  ante sus verdaderas personalidades, ahogadas en un manto amarillo de risas sin valor.